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El burro, ese animal simpático que actualmente está seriamente amenazado de extinción, ha desempeñado un importante papel en la sociedad rural y, como no podía ser menos, también en S. Bartolomé de Pinares.

 

Hasta los años 60, en que comenzó el “boom” del desarrollo industrial en España, y con él la emigración a las grandes ciudades, la vida en el pueblo era eminentemente agrícola y ganadera. Se podría decir que existía una economía de subsistencia. Se sembraban “hasta las cunetas”, solían decir los mayores del lugar como forma de expresar que se aprovechaba cualquier espacio, generalmente con cereales, trigo para pan, y cebada y centeno para los animales; esto juntamente con el huerto, las viñas y la matanza constituía la dieta de los moradores de esta tierra.

 

En estas labores agrícolas y ganaderas los caballos y los burros tenían un excepcional valor, tanto en el trabajo como en los desplazamientos (hay tierras que distan varios kilómetros del núcleo urbano), incluso hasta de compañía en esas largas jornadas de sol a sol que los labradores empleaban en las labores del campo.

Aunque el burro es un animal menos fuerte que el caballo, compensa esa deficiencia con otras cualidades: más dócil, más pacífico, menos peligroso y más económico. No siempre la compra de caballos estaba al alcance de todos. Se podía decir que el burro era el “utilitario” del momento.

 

Eran un bien muy preciado, y como tal había que cuidarlos. En otros tiempos el veterinario era poco menos que un lujo. No era lo mejor, pero si lo más económico, encomendar la salud de estos animales a algún ser sobrenatural.

 

Curiosamente, en S. Bartolomé, el “cuidado” de los animales se ha encomendado a dos Santos: S. Antonio Abad y S. Antonio de Padua; siendo los burros y  caballos al primero, y el resto de animales al segundo.

 

Tradicionalmente a S. Antón, que se celebra el 17 de enero, se le honra con una “procesión” a lomos de caballos y burros (estos detrás), con luminarias en las calles.

 

 Todo el que tiene estos animales los saca la noche anterior para acompañar al “Santo”, que portado por los mayordomos, recorre las calles del pueblo para que el fuego purificador de las hogueras les proteja. Hay que acercarse al fuego, y cruzarlo si el animal acepta. Es el ritual. Finalizado el acto, se encierra a los animales en sus cuadras con la sensación de haberles inmunizado al menos hasta el año siguiente.

 

En la actualidad la sociedad “Bartola”ha experimentado un enorme cambio, nadie siembra y apenas hay ganado, y los automóviles han sustituido a los caballos y burros como animales de carga y transporte. No obstante, ha surgido una nueva cultura del caballo, como ejemplar de exhibición y recreo, lo que permitirá que permanezca la tradición de las luminarias.

 

Sin embargo los burros cada vez tiene menos utilidad, no son necesarios, lo que favorece la lenta desaparición de estos curiosos animales. Probablemente en un futuro no muy lejano  para ver un burro, habrá que visitarlos en reservas o zoológicos.

 
 

J. Salvador Sáez

 
 

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